Manto blanco salpicado de gris,
sabor amargo al tragar,
clama asfixiante: soledad.
Dueles infinito en los labios hinchados
al sellar en beso indeleble un adiós.
Dueles si escucho a los pájaros madrugar
y cuando los grillos cantan oscuridad.
Apareces justo cuando ya nadie está,
silbando tu canción estática al oído,
deslizándote entre huesos y respiración
sin ofrecer tregua que te pueda ignorar.
Me acompañas si estoy solo —soledad—
recordándome que no hay nadie más,
mientras llueve del otro lado del cristal
y lloro de este lado queriéndote matar.