Con los pétalos de tus dedos,
otra vez arráncame la calma,
otra vez arráncame la calma,
déjame huérfano de alma:
embriágame de tu miel.
De mi espalda rasga su tela,
abandonándote a mis manos
y mientras tu vientre se desvanece
abiertos deja tus ojos a la tortura.
Al oído cuéntame tu dolor
y dedícame algún lamento
entre que va y viene tu aliento;
eterna esta tempestad conserva.
Del aire recogeré tu olor a fruta
y devuelve en pago algún gemido,
hasta que aceptes el intercambio
y regreses luego a derramar suspiros.