Qué me diré cuando ya no pueda retenerte,
ni a tus sueños, ni pensamientos,
y deba soltar tus amarras para que libre
te arrastre el viento a otros puertos
donde, por fin, las noches sean tangibles.
Mentiré que sólo en mi mente viviste,
y que tu pelo de caballo era un espejismo
rojizo
para escurrir mis dedos en busca de tu cuello,
contando los lunares que te decoran,
besándolos de a uno en uno para repetir la
tarea.
De tu piel será difícil fingirle al cuerpo
que se acostumbró a la cuesta de tus senos,
y a los valles y declives que delinean tu
espalda,
como estepa que revienta en flores,
que baja e infinita se pierde en tus montañas.
Recordaré a sorbos tus imperfecciones,
sólo para confirmar no fuiste imaginaria
y seguir torturándome con tu risa la
existencia,
porque te llevo a cuestas entre pensamientos
fija, como sello de luz detrás de un parpadeo.
La melancolía que tu respiración desprende
de a ratos traeré para cobijar cerrados mis
ojos,
cuando en fuga vaya de vuelta a tus manos
y en pensamientos las bese desesperado
deseando que en realidad pudiera retenerte.