En la reverberación ambigua
que a eso de las seis
inventa la luz colorada,
pincelada como conjetura
—quizá tú eras esa, ¿quién sabe?—
creí de nuevo encontrarte;
pero lo interrumpió otra vez
el mismo ruido necio
que viene sólo a despertarme
y luego trato ir de vuelta
a algún sueño que ya tuve
para buscar el consuelo disperso
entre los retazos inmóviles
de la memoria fraguada
con tu piel de cobre,
hasta encontrar el sabor a lluvia
moldeado con olor de eucalipto,
que son la única certeza
de que alguna vez exististe
y no eres un invento mío solamente.