Como ayer y mañana y a diario
amaneces mirándote de ida y vuelta,
por si en horas de tu propia ausencia,
cuando deambulabas por algún sueño,
algo más ha brotado tu huerta.
Le veo entonces un signo de ángel
a tu rostro de mujer preñada
cada vez que acaricias el tesoro
que a cuestas vienes trayendo...
Y la mañana se me antoja más lenta.
De a poco me van las horas que estás lejos,
viviendo el paisaje verde de tu mirada
que busco a ratos con cerrar los ojos,
queriendo que niña o niño -¿importa?-
le hagas el favor de parecerse a ti.
A la noche -ya quizá sin que lo sientas-
mientras el letargo cambia tu cuerpo,
de cuando en cuando en tu panza
poso trémula mi mano izquierda
para saber que sí, que es cierto...