Ni el olor a sal que
flotaba en la habitación cuando despertó ligeramente mareado en algún momento
de la madrugada, ni el caballito de mar que encontró aun vivo en la calle
mientras caminaba pensando en el café que le esperaba humeante como todas las
mañanas en la cafetería de la plaza, ni ese ruido de batir de olas que no le
abandonaba la cabeza desde la noche anterior; sirvieron de anuncio premonitorio
de que pronto dejaría su pueblo blanco, de montañas heladas, y que el viento
seco y cortante dejaría para siempre de ulcerarle las mejillas y agrietarle los
labios durante el intercambio, en forma de vapor, entre su cálido aliento y el
aire glacial que nunca cedía.
Trató desesperadamente de encontrar un
recipiente con agua. Al llegar a Santa
Giulia insistió en que le vendieran algo para colocarlo y luego pidió que
le regalasen un poco de agua y sal. Las mezcló con la incertidumbre clara de
estar combinándolas a ciegas, porque
nunca había probado el líquido azul que había visto en fotos de lugares
remotos. De todas formas comprobó que su
receta de mar fuese suficientemente salada como para no poder beberla y se sacó
del bolsillo del pecho a esa criatura que resultaba ficticia en esa ciudad
helada, y la sumergió cuidadosamente para no derramar el pequeño océano sobre
la mesa, que para ese momento concentraba las miradas de todos los demás viejos
que madrugaban por el primer café de la mañana. Sus manos, con sus dedos
doblados a causa de la artritis, intentaban servir de sostén vertical para ese
animal gris que a causa de la prolongada exposición al aire había comenzado a
morir y que flotaba de costado mientras voces soterradas culpaban al agua que
estaba muy fría, a la poca sal porque el mar tiene su color azul gracias a ella
y ésta estaba totalmente transparente, a la falta de plancton que es la fuente
de la vida y a la ausencia de olas que son las que hacen que las cosas no se
hundan. Después de dos horas y otras tres cucharaditas de sal, la pequeña e
inexplicable criatura recuperó un poco
de su independencia.
El traslado de la pecera improvisada hizo que
su casa pareciera estar al doble de distancia, pero finalmente llegó ya cerca
del medio día, sin haber derramado ni una gota y sin quitarle la vista de
encima al caballito que ya se mantenía derecho por propia cuenta. Lo pasó a una
botella de vidrio de boca muy amplia, que en tiempos felices, cuando corrían
niños por la casa, se mantenía llena de cuadritos de conservas de leche. La colocó en una mesita en su habitación,
debajo de una lámpara que le daría algo de luz, porque las ventanas no se
habrían desde que murió su esposa. Preocupado por la alimentación de su
huésped, revisó sin éxito sus libros, por lo que debió consultar en la
arruinada biblioteca del pueblo, que aún conservaba algunos de los textos chamuscados
a medias por el incendio que años antes habían provocado los corredores de
toros que durante las fiestas patronales y en medio una prolongada borrachera
colectiva, quemaron cuanto artilugio pirotécnico tuvieron a su alcance, lo que
incluyó o a un árbol ubicado al borde de la plaza y frente a la biblioteca, que
por viejo se creyó que era la antorcha perfecta para continuar con el alboroto,
pero nadie calculó que las ramas que rozaban los balcones de madera de la
estructura de la biblioteca, serían la continuación de los mismos troncos
ardientes, de manera que se consumió hasta que por misericordia del cielo
llovió durante dos días, evitando que algunos pocos libros terminaran en
cenizas. Encontró en una página tostada que los caballitos de mar se alimentaban
de otros seres vivos y tan pronto pudo, se dedicó a recorrer charcos y acequias
en busca de gusarapos que sirvieran de alimento. Demoró algún tiempo en hallar
la manera de que los bocadillos toleraran vivos el agua salada hasta que el
caballito, con sus lentas reacciones, decidiera servirse, pero a fin de cuentas
logró que comiera.
Esa noche en su cama, se volvió sobre el lado
del corazón. Sintió cómo su colchón relleno de paja tiesa, repentinamente se
convertía en una superficie ondulante, cíclica. Otra vez el mareo le obligó a
salir de su cama. Como de costumbre se colocó sobre los hombros la gruesa ruana
de lana que usaba cuando el aire macerado con olor a madera vieja, atrapado
desde siglos en su cuarto, se mezclaba con la constante oscuridad y le hacía
más profundo el dolor de los huesos, pero se dio cuenta de que no le hacía
falta. En ese cuarto que más nadie había vuelto a pisar y cuyas ventanas
permanecían cerradas desde el día del funeral, ahora se sentía tibia una brisa
torpe, que arrastraba penosamente un olor a peces y que en conjunto con el
ruido blanco de lo que parecía ser el batir de olas, le hicieron pensar que se tratada de un sueño
muy realista. Pensó que estaba dormido y por eso no se alarmó por la
metamorfosis onírica que había sufrido su claustro. Se sintió cómodo, como si
desde siempre existiera ese clima benigno para su desgastada osamenta y pensó
en no volver a despertar. Quiso abrir una ventana. Arrastró con mucho esfuerzo
una pesada silla de madera de dividive
que colocó frente al ventanal donde en otros tiempos solía dejar menguar la
tarde y se quedaba hasta que desde los cerros blancos se dejaban caer rodando
como lentas bolas de algodón, las espesas nubes que se posaban sobre el pueblo
y ocultaban el cielo la mayor parte del año. Se encontró de frente con el halo
triste de una luna en mengua que parecía marchitarse y recordó con nostalgia
que solía podar sus matas dependiendo de sus estaciones. Durmió otra vez
entregado a esa visión.
La luz del sol, que se sentía desorientada en
esa habitación que ya no recordaba, le despertó de a poco. Al pasar por el
vidrio empañado de la ventana, formó un ángulo oblicuo con respecto a la sombra
de la pared, que luego se fue abriendo hasta iluminar las tablas del piso que
comenzaron a crujir, como cuando un trozo de hielo se quiebra, y siguió
moviéndose al invariable ritmo de la rotación de la tierra, hasta que le dio en
los pies desnudos. Sintió una agradable sensación del calor creciente que le
hizo despertarse. Notó que de su sueño no había desaparecido el olor a sal, ni
la brisa que ahora se sentía menos fatigada, ni los sonidos de agua golpeando
sobre agua, y le costó entender que efectivamente había despertado. Sabía que
era así, pues quería orinar con la imperiosa necesidad de cuando se despertaba,
sin embargo contuvo las ganas mientras
asimilaba ese cambio y buscaba con desesperación, pero sin moverse de la silla,
algo que le diera idea de la fecha en que había amanecido. En la búsqueda, sus
ojos grises se posaron incrédulamente sobre la pecera que durante la noche
había tenido tiempo de desarrollar vida en su interior. Flotaban algas, subían
de la nada, pequeñas burbujas que antes de llegar a la superficie,
experimentaban una danza involuntaria que debía coincidir con el ir y venir de
las olas en alguna playa remota. El
caballito había enroscado su cola a una ramita para soportar ese vaivén.
Debieron pasar horas mientras escudriñaba la pecera, pero finalmente salió en
busca del baño y al abrir la puerta del cuarto se golpeó de frente con el frío
sólido que de inmediato le volvió a torcer la espalda y a acalambrar los dedos
de las manos y de los pies. Afuera estaba intacto el mismo clima que desde
siempre congeló el rocío de la mañana en cualquier época del año.
En su cuarto muy pronto el aire cálido trajo
aves marinas que se veían lejanas. Arrastró una capa de arena blanca y fina que
sustituyó el polvo que se acumulaba inerte sobre todo, y que siempre había
logrado penetrar sin importar cuán cerrado permaneciera el cuarto. La arena
comenzó a cubrir paulatinamente el piso y comenzaron a asomar brotes de
palmeras que le eran difíciles de esquivar antes de pisarlas. El aire saturado
de sal no demoró en cubrir con una
gruesa y rojiza capa de herrumbre a todas las bisagras, las aldabas y los
clavos que nunca terminaron de entrar y los que la misma madera había comenzado
a desenterrar. Se encontró a sí mismo a gusto en esa realidad cálida, de manera
que los cafés matutinos en Santa Giulia
no se repitieron más, ni las tardes de ajedrez con los viejos amigos en las
mesitas de la plaza, y en su lugar prefirió pasar por entero sus días entregado
a ese espejismo marino que de buena gana había decidido aceptar. El paraíso
engendrado en medio de las paredes de argamasa de su cuarto, expandió sus
horizontes y era prácticamente imposible recorrerlo en un solo día. Sólo la
pecera, la ventana, la silla y la puerta conservaban invariable su distancia
relativa.
Una noche, cuando ya dormía abandonado al
movimiento marino de su cama, sintió que algo golpeó una de las patas. Revisó
con la idea de que algún cangrejo había chocado con ella mientras retrocedía
huyendo de una ola, pero se encontró con una botella verde, de cuello alto,
cubierta de sargazo de antiguos mares y de varias generaciones de berberechos, con un
corcho en el pico hundido hasta la mitad. Aunque la curiosidad se apoderó de
sí, decidió esperar a la mañana para recogerla y botarla junto con unos cocos y
una muñeca descabezada que había llegado flotando apaciblemente, como suspendida
del techo por unos hilos invisibles.
Después de asolearse debidamente, organizó y
clasificó los objetos náufragos que se acumularon durante la noche. Al tomar la
botella, pensó en que a su caballito de mar le haría bien un poco de esa flora
flotante, así que desprendió unas pocas ramas amarillentas y descubrió que en
el vientre de ese vidrio opaco, yacía enrollado un papel amarrado con una cinta
de un color que no podía descifrar desde afuera. Lo extrajo y desenrolló
cuidadosamente, extendiéndolo sobre un pañuelo blanco que usaba los domingos
durante la misa para adornar el bolsillo de su saco. La caligrafía le resultó
familiar. Era delicada y ágil y pensó que en el mundo debía haber mucha gente
que escribiera con los mismos trazos y que no tenía nada de raro que esas
palabras estuvieran decoradas con la gracia y esplendor que su mujer mantuvo intactos a
pesar de los años. Lo leyó en silencio, luego otra vez en voz baja.
Te
extrañaba de siempre,
de
antes de mi, de ti y de todo.
Desde
la soledad de mi infancia
ya
conocía los relieves de tus manos,
y
tu olor acompaña indeleble
cuanto
recuerda mi mente.
Sin
saber de tu pelo enredado,
ni
de tu mirada de perro triste,
me
enamoré sin conocerte:
cuando
eras aun pensamiento indefinido
que
vagaba suelto entre cada parpadeo,
como
un suspiro exiliado, huérfano.
Vine
a tientas siguiendo tu huella
que
difusa me condujo a otros amores
y
a soñar con los sueños ajenos
hasta
que por azar tropecé con tu voz,
la
de todas las madrugadas de lluvia,
y
encontré dónde quería morirme.
Viajé
de lejos para llegar a ti,
y
traje envueltos en mi cuerpo
murmullos
distantes y caricias silentes.
Traje
aves que cantan tu nombre
dándole
al cielo motivos para abrirse,
despejándolo
para que el sol te caliente.
Vine
a ti desde lejos y no sé de cuándo.
Vine
de donde el horizonte viste para el día
arriba
y abajo en dos tonos de azules,
y
en naranja y rojo para saludar a la noche.
Vine
a encontrarte, vine para poder irme:
Llévame
de vuelta al mar…
El mensaje le resultó impersonal a primera
vista y pensó que quién lo escribió debió colocar su nombre, un lugar o al
menos una fecha que le diera un poco de sentido. Decidió conservarlo de todos
modos, porque la letra le recordada a la única mujer que había tenido en toda
su vida. Durante todo el día no dejó de
repasar en su mente una a una las líneas, tratando de extirparle un
significado.
Ya estaba viejo para sorprenderse, pero esas
líneas de añil, lejos de causarle un infarto, le transportaron a los mejores
días de su vida, a los que había pasado con esa mujer ajena a la vida de campo,
cuya piel nunca dejó de estar morena y que durante toda su vida dejó colgado
del aire un olor que desde siempre asoció a ciegas con el mar. Pasó toda la
noche en vela, sentado en su silla, pateando de cuando en cuando algún cangrejo
interesado en la piel seca de sus pies, embebido en el poema. Pensó mil veces
en su significado, estando consiente que todo el asunto del pedacito de océano
cautivo tras la puerta de su cuarto bien podía ser un vil truco de la vejez y
que ni la arena, ni el caballito de mar, ni los restos de naufragios que
arrastraban basura a su cuarto, realmente existían fuera del perímetro se su
desgastada mente.
Al amanecer se vistió, se echó encima todo el
abrigo posible porque afuera ya estaba en pleno el invierno y se dirigió en
primer lugar a ver al cura para que le diera su bendición para sacar lo que
quedara de los restos de su mujer, no sin antes darle miles de explicaciones
pero sin mencionar nunca que había encontrado el significado de una carta que
llegó a él flotando, escrita de puño y letra de su mujer, pidiéndole que quería
reposar por toda la eternidad en la costa de donde salió siendo aun una pequeña
niña y no en una caja de madera que pasa la mayor parte del año congelada. Luego, con los documentos de propiedad de la
parcela del cementerio, fue a ver al alcalde para manifestarle su decisión de
desocuparla y pasar a un ánfora de plata lo que 32 años de inclemencias
hayan dejado de su mujer.
De su armario sacó un sobre con lo que le
quedaba de dinero y un reloj que dejó de funcionar un día tres a las 9:15. Esa
misma tarde salió, llevando en una maleta lo que consideró necesario para
viajar y abandonó la casa, dejando abiertas todas sus puertas y ventanas, para
que algo de ese aire de mar cálido y vivo escapara hacia la sierra. Llevó
también a su compañero de los últimos tres meses.
El vagón comenzó a moverse, dejando atrás y
hasta donde le daba la vista, la estación que parecía estar bordada sobre montañas coronadas de nubes estáticas. No
supo cuánto tiempo viajó, ni cuantas veces debió cambiar de tren, pero al fin
llegó a lo que debía ser la última estación que tenía solo un andén sin techo y
donde vio que la gente no usaba zapatos porque el tren llegaba hasta una loma
de arena a pocos metros del mar. Para
ese momento había dejado en algún lugar su corbata, pero conservaba el sombrero
de paño que le ayudó a cubrirse de ese sol que era más ardiente que el que entraba
por su ventana durante los días en que se hizo el milagro de tener al mar
confinado entre las paredes de su cuarto. Esperó sentado en la arena a que
pasara la tarde. Se quitó los zapatos y los dejó perfectamente ordenados y con
las trenzas atadas, por si alguien quería usarlos. Dejó también a un lado su
vetusta maleta y sobre ella colocó el sobrero. Le tomó unos minutos comenzar a
caminar hacia las olas que llegaban a la orilla casi sin perturbar la
superficie del agua. Llevaba debajo de su brazo derecho la botella con el
caballito de mar que había muerto en algún momento antes de terminar el viaje,
y apretando con el brazo izquierdo contra el corazón, cargaba el ánfora, cuyo
contenido no había tenido el coraje de mirar. Se detuvo justo cuando las
primeras olas llegaron a cubrirle los dedos de los pies. Le llamó la atención
que parado ahí, sobre esa arena compactada por el peso del mar, al retirarse la
ola parecía que él retrocedía sin moverse y tuvo que esperar un rato largo para
acostumbrarse a ese espejismo cinético.
Con el agua a la cintura, bajó la botella para
devolver al mar al caballito. Fue casi un acto ritual. Dejó que de a poco el
agua llenara la botella, sosteniéndola ligeramente inclinada para que no se
alterara el orden que había asumido adentro la naturaleza muerta. Luego, al
sumergirla por completo comenzaron a salir primero las algas, después unos
pequeños caracoles acompañados por las burbujas que siguieron danzando con las
olas y por último el cuerpo inerte del caballito, que flotó alejándose sin
prisa hacia el mar abierto. Sintió que su cuerpo viejo se volvía cada vez más
liviano conforme se iba hundiendo y sin darse cuenta de cuándo, el agua le
cubrió la cabeza y se halló inmerso en lo profundo de un paraíso
desconocido. Vio nadar a peces de colores brillantes y a una tortuga centenaria
que pasó imperturbable rozándole los hombros. Más lejos logró ver un barco que
en la superficie se deslizaba de forma involuntaria y sin curso fijo, como
arrastrado por las corrientes que podía sentir y por el viento cuya fuerza
sutil le acarició el rostro y despeinó el cabello blanco mientras contemplaba
absorto la playa. Abrió el ánfora y
comenzó a salir de ella en espiral errático, lo que parecía ser un polvo de
arena muy fina y blanca que flotaba a la par de las pequeñas burbujas de aire
atrapadas para siempre y sin remedio en el agua de mar. Alrededor suyo el agua
se volvió luminosa, de un color verde como de esmeralda translúcida, que
comenzó a desaparecer paulatinamente en el instante en que se vació el
contenido del ánfora, como si se tratara de una luz que se aleja llevándose a
alguien querido después de una despedida triste que se ha postergado demasiado.
Experimentó un gran alivio en algún lugar del corazón y pensó que sus ojos
debían estar llenos de lágrimas. Decidió quedarse allí y seguir por siempre
anclado al fondo de la playa donde dejó libre a la mitad de su propia vida.
18 de junio de 2009
