Sentado en la orilla de la cama, sostenía una taza que le
ardía entre las manos. Esperando a que la noche y su almohada le ayudaran a
meterla de vuelta en su cabeza, iniciaba el ritual habitual de perseguir el
sueño, mientras absorto veía cómo desde su boca se expandía tenue y elástico,
su aliento cargado de cansancio. En la penumbra espesa de su cuarto —donde el
aire viciado le hacía más fácil abandonarse al sueño— cada noche deseaba
repetir las visiones que se proyectaban en sus párpados cerrados, en las que
veía una y otra vez, en una secuencia de carrusel infinito, a aquella figura de
rostro lejano y redondo, de piel aceitosa, de una belleza que, más que a la de
una mujer, se asemejaba a la de una fruta madura.
Quizá la habría visto alguna vez afuera, en el mundo de
los despiertos, que es distinto al de los que duermen, porque cuando cerraba los ojos no sabía si se despertaba en otra realidad, donde las
complicaciones no le llevaban a ningún lado ni tenían soluciones posibles sino
imposibles, donde estaba en un estado de trance, y el tiempo y el espacio
perdían sus atributos y dejaban de ser relativos, para estar en una misma
dimensión, plana, donde le era fácil ir y volver, correr o volar; un universo
sin las penurias de su vida cotidiana de simple mortal, donde pocas cosas le
importaban y los absurdos solían cobrar la jerarquía de los asuntos
trascendentales del mundo de los despiertos. Pero era ahí, en el mundo de
vitalidad paralela, donde realmente ella existía.
Aguardando a que se materializara, deambula por los
intrincados pasadizos del reino de los dormidos, volteando de un sueño a otro
con cada giro en su cama, buscando siempre el mismo sueño, que nunca estaba en
orden respecto a los otros. Seguía hasta llegar a una puerta que escondía una
escalera, unas veces de subida, otras de bajada —pero siempre sin barandas— que
le llevarían a aquel campo de flores embalsamadas y charcos iluminados. Siempre
estaba tumbada en la misma posición con su espalda contra el suelo, las piernas
recogidas y los brazos extendidos como alas pétreas, con sus ojos ámbar
abiertos mirando a algún punto imaginario que sólo ella sabía, y su pelo —rojo—
enredado, fusionado con la hierba. Era una visión que le parecía parte de una
obra surrealista que había visto, donde la naturaleza pare de sus entrañas de
tierra a una criatura fantástica, nacida sin ayuda de ningún aliento divino y
sólo por el capricho de ser.
La encuentra, como siempre, y se sienta a su lado sin
alterarla, sólo para percibir de cerca su hálito, que al abandonar su pecho,
sonaba como burbujas rompiendo la superficie del agua, lo que le hace entender que
está en otro mundo, donde hasta el aire es distinto, quizá parecido a alguna
sustancia viscosa, y por eso su respiración tan profunda y lenta. Se queda otro
rato sin que ella lo note, sólo para poder ver cómo ese aire espeso, al entrar
en su cuerpo inicia y mantiene una danza perpetua en que sus senos desnudos
suben y bajan en torturadora cadencia. La observa inmóvil hasta que ella lo
nota. Le pregunta qué día es y él responde con algo de esfuerzo mientras su
memoria tiene que viajar de vuelta al otro mundo —al de los despiertos— para recordar qué es
lo que hizo ayer y le responde aunque no esté seguro porque le ha pasado que
confunde un día con otro y se despierta más temprano:
—Jueves. Es jueves.
La ve incorporarse, despegándose del suelo donde queda
profunda la forma de su costillar grabada en el pasto que de a poco también va
perdiendo el color de su piel para volver a ser verde. Frente a sus ojos, ella
se estira tratando de recuperar la elasticidad que pierde a diario esperando
tumbada a que él llegue para el acostumbrado paseo. En ese momento, esa
desnudez le pesa más. Era leve, sus pies casi no tocaban el suelo ni siquiera
cuando se incorporaba del pasto escarchado donde la encontraba escuchando insectos, escudriñando el cielo fulgúreo cargado de luces cálidas. Caminaba
entonces al lado de ella, procurando retrasarse un paso para poder escurrir su
mirada sobre las caderas y piernas de aquella visión ondulante. Detrás de ella
quedada una estela de aire caliente que dejaba pintado una especie de espejismo tangible color
mandarina. Después de un largo silencio decide preguntarle su nombre y ella le
responde retóricamente:
—¿Para qué quieres saberlo?
—Para poder buscarte al despertar
—dijo él recurriendo, sin saberlo, al mismo diálogo estéril de cada noche.
—¿Cómo sabes que ahora no estás despierto y que duermes
cuando sales de aquí? —insistió ella.
—Porque cuando estoy despierto trabajo y
tengo un perro, pero aquí todo es distinto a como lo conozco desde que tengo
memoria —le respondió tratando de convencerse que efectivamente
soñaba.
—¿Cuánto tiempo tienes caminando a mi lado y preguntando mi
nombre? —susurró ella, en medio de una pausa que hizo al
caminar, para soltar una gota de agua que no terminaba de caer de una hoja.
—Supongo que mucho
porque no puedo recordar otro sueño —respondió él
mientras la exploraba más a fondo con la mirada, aprovechando que se detuvo a
perder el tiempo con la gota que de cualquier forma habría caído.
—Entonces,
sabes que esta vez tampoco te diré mi nombre. Ni siquiera estoy segura de
tenerlo. ¿Por qué no inventas uno? —le
respondió ella girando hacia él para tenerlo de frente.
—Antares —susurró él sin saber a ciencia cierta
de dónde había saltado esa palabra cuyo significado estaba seguro de ignorar.
—Me gusta, aunque no sea nombre de mujer —comentó
sin un interés cierto en que él la escuchara, sino como pensando en voz alta,
resignada a que él volvería a olvidarlo.
Siguieron caminando. Sin percibirlo, el paisaje onírico
había cambiado y ya no era más el campo extravagante donde ella le esperaba a
diario. Comenzaba un sinuoso camino empedrado, flanqueado por hileras de
enormes eucaliptos grises que le cedían al aire su perfume centenario. El silencio les siguió los pasos por un rato
en el que ninguno de los dos pensaba en nada, ni siquiera en ellos mismos.
—¿No quieres conocer el mío? —preguntó él
con un tono amargo de reproche por el desinterés que ella demostró mientras
muda dejaba escurrir el tiempo, extraviada en su laberinto interno.
—Eres el único que viene por acá, así que no tengo con quién
confundirte y siempre vienes vestido igual —respondió
lacónica.
—No me había fijado en eso —dijo mirándose
sorprendido, porque nunca había reparado en si estaba o no vestido.
—Avanza delante de mí porque no te veo y quisiera mirar tus
pies —imploró ella sin detenerse a ver cuán atrás se había
quedado su acompañante.
Él se apresuró aunque quería quedarse justo detrás de
ella, viendo unas gotas de sudor que escurrían como mantequilla caliente por
sus delineadas pantorrillas.
—¿Por qué mis pies y no mi cara? —apuntó él sin haberse repuesto aun del
vergonzoso detalle de aparecer ante ella vestido siempre de la misma forma.
—Así puedo saber el tipo de hombre que eres —respondió ella sin dejar que transcurriera ni
un segundo.
Ella se detuvo al llegar a una puerta de madera obscura
que parecía tener unos trescientos años. Se volvió sobre sus pasos y le esperó
porque él había vuelto a quedarse deliberadamente rezagado.
—¿Qué hay ahí detrás? —preguntó con
la certeza de no obtener una respuesta lógica.
—Creo que es un lugar alejado de la ciudad en que vivo,
donde el aire es más joven, porque huele un poco a mierda de ganado y leña
ardiendo —respondió guiado por su instinto de explorador
sonámbulo, sólo para poder proseguir con una conversación que sólo servía para
dejar pasar el tiempo.
—¿Quieres entrar conmigo? —desde lejos
inquirió ella mirándole a los ojos con expresión de súplica.
—No debemos. Tú estás desnuda y parece
ser un lugar bastante frío —argumentó él, esta vez tratando de ir a su lado para
tomarle la mano, pero ella lo disuadió diciéndole que quería caminar otro rato
antes de que él despertara.
—Cada vez demoras más en llegar a buscarme y no quiero que esta vez dure tan poco —le
echó en cara esperando que él cesara en su obstinado intento por tocarla.
—Es que me mudé y llego muy tarde a mi cama —dijo
él esforzándose por darle una explicación razonable.
Mientras ella daba pasos hacia atrás, sin quitarle la
vista de encima —no vaya a ser que él extendiera más su inquieta mano hacia su
piel desnuda— le reclamó que funcionaría si soñaba en el camino de vuelta a
casa, a lo que sabría que él respondería con que sólo le gustaba pensar en ella
y entrar a su mundo paralelo desde su propia cama, así no le costaba tanto
encontrar su puerta.
Ella cruzó sus brazos para cubrir su pecho desnudo y le
dijo que debió dejar abiertas las ventanas del cuarto porque de pronto sentía
una brisa fría y que ya debía está por amanecer porque la noche nunca es más
fría que cuando el sol está por salir.
—Debo encontrar otra vez tu puerta y esa escalera — dijo él sin
notar que de ella comenzaba a evaporarse algo de desasosiego, mientras
—involuntariamente— se hacía una manifestación
cada vez más irreal y distante.
—Esta vez quédate conmigo —dijo ella
suplicante, tratando en vano de retenerlo.
—Sabes que es lo que más quiero pero mi perro siempre viene
a despertarme y entonces aparece frente a mí tu puerta, la abro y llego a la
escalera y tu desapareces —respondió él, ya conciente de la
tristeza de ella porque lo había contagiado todo a su alrededor.
Ahora ella estaba temblando. Apresuró el paso para ganar
calor y él volvió a quedarse un poco atrás. Con la luz de esa hora incidiendo
en su cuerpo le parecía menos real que cuando la encontró fraguada con la
tierra.
—Creo que en la puerta al final de este pasillo está tu
perro, lo escucho gemir. Quédate otro momento y sigamos caminando hasta que yo
consiga tu puerta —dijo ella con tono de resignación,
porque ya se le había acabado hasta la melancolía.
—La hemos buscado desde que comencé a soñar contigo y creo
que simplemente no existe —alcanzó a responder él tratando de ser
coherente.
—Debe haber una manera de salir, porque de algún modo llegué
aquí —insistió ella dándole la espalda.
—No sé si yo te traje la primera vez que soñé contigo, pero
quisiera que salieras para intentar encontrarte afuera, donde pueda por fin
tocarte sin que por ello despierte —dijo él también rendido a lo
imposible. Aproximó su mano, buscando la de ella hasta casi tocarla y
repentinamente se detuvo.
—¿Cómo te llamé esta noche? —preguntó él,
tratando de rescatar el nombre que se desvanecía entre los recuerdos que a esa
hora se iban desordenando con mayor rapidez.
Entonces, luego de volver a vivir aquella escena de olvido insalvable, ella se esforzó en fingir una sonrisa —la misma que ha venido repitiendo desde no sabe cuándo— que no demoró en hacer correr por su rostro una delgada cascada cristalina, teñida con los matices ásperos que fueron dejando a su paso noches y noches de sueños fracasados, y con los ojos desbordados, como los de un animal solitario que se resigna a la lluvia, extendió su mano para tocarlo…
Entonces, luego de volver a vivir aquella escena de olvido insalvable, ella se esforzó en fingir una sonrisa —la misma que ha venido repitiendo desde no sabe cuándo— que no demoró en hacer correr por su rostro una delgada cascada cristalina, teñida con los matices ásperos que fueron dejando a su paso noches y noches de sueños fracasados, y con los ojos desbordados, como los de un animal solitario que se resigna a la lluvia, extendió su mano para tocarlo…